Martes, Octubre 21 del 2014
OPINIÓN EN TIERRA PLUS

Malos padres: Repensar la forma en que estamos viviendo y darle sentido más profundo a nuestra existencia

Por: Arturo Argüello

La guacamaya se elevó por encima de la ceiba de 30 metros y desplegó sus alas en lo más alto del cielo, dejando ver un deslumbrante arco iris que opacaba al mismo sol. El río murmuraba suavemente de alegría al verla volar tan libre por el firmamento, mientras los hombres dejaban a un lado su azadón y su sombrero para contemplarla maravillados. ¡Qué momento mágico! Más tarde pasó una manada de unos once monos capuchinos que regresaban a lo profundo del bosque, e indicaban que el día llegaría a su fin. Era hora de volver a casa porque por esos días rondaba por aquella tierra el poderoso felino de profunda mirada, el rey jaguar. La abundancia era la premisa en una tierra que estaba destinada a convertirse en el paraíso.

Después pasaron 40 años y los únicos animales que hoy se asoman por ahí, por la bella tierra llana en el oriente colombiano, son unos perritos criollos un tanto enfermos, un miquito encadenado y un triste tucán al que le cortaron las alitas para que no escapara, y que se la pasa gimiendo en una palmera que algún empresario plantó en el jardín de lo que se convirtió en un no tan próspero negocio. El murmullo del río se apagó también y de la ceiba no quedó ni rastro. En menos de cuarenta años se extinguieron el 52 % de las especies salvajes de Colombia y se talaron más de la mitad de sus bosques, pero esto es algo que no nos importa mucho porque vivimos enjaulados, aislados de la realidad en un diminuto apartamento y en una oficinita de unos 40 metros que se convirtieron en nuestra prisión.

Ahora los niños piensan que el agua viene de la llave y que la leche crece en una caja. Incluso algunos adultos en medio de su ingenuidad no saben que las frutas se dan por temporadas y que el hecho de que haya, por ejemplo, granadilla o piña cada día en el supermercado, representa un gran problema para el ambiente y para la salud humana.

Lo que ignoran los que están encarcelados en las ciudades es que la salud humana depende enteramente de la biodiversidad. Y si se cree poco ambientalista o le aburren estos temas, deje que le ponga solo dos ejemplos sencillos para que se empiece a preocupar. El dengue y el chikunguña son una epidemia en el país porque hemos acabado con los depredadores naturales del mosquito. Expulsamos las ranas y las lagartijas, y exterminamos a las arañas; de esta forma prolifera sin control el Aedes aegypti, vector que transmite la enfermedad, y no habrá estrategias de salud pública que logren controlarlo. Pero si esto les parece insignificante, este otro ejemplo tal vez les haga entrar en razón. La Catharanthus roseus, conocida comúnmente como vinca rosea o de Madagascar, es una planta en vía de extinción. Sé que les puede parecer insignificante, pero si un familiar de ustedes o ustedes mismos -Dios no lo quiera- padecen algún día de leucemia o de un linfoma, estarán condenados porque de ella se extraen los principios activos de la Vincristina y la Viblastina, dos medicamentos fundamentales que hacen parte del tratamiento para estas dos enfermedades. Para que hagan cuentas, el 80 % de los medicamentos que utilizamos para tratar todas las enfermedades actuales provienen de la naturaleza y, sin ella, sin su basta y bellísima biodiversidad, pueden decirle adiós a las medicinas y empezar a pensar nuevamente en un montón de muertes prematuras.

Señores padres, pueden darles lo que quieran, todo lo que se les ocurra a sus hijos: los celulares más costosos a temprana edad, tabletas electrónicas en vez de cuadernos, lujosos carros, educación de primera, ropa hermosísima y a la moda, viajes por todo el mundo, miles de experiencias, pero los están condenando a vivir en un futuro lleno de miseria. Jamás les podrán regalar el planeta que ustedes se están consumiendo a un ritmo insostenible y que les están enseñando a devorar. Si no tomamos consciencia ahora que aún nos queda medio planeta, en unos pocos años nos veremos obligados a pasar hambre, convivir con enfermedades que en otros tiempos eran curables y a ver a nuestros hijos y nietos sufrir por nuestro modo de vida descontrolado. Debemos repensar la forma en la que estamos viviendo y darle un sentido más profundo a nuestra existencia, que no se limite únicamente a consumir. Como dice mi esposa, si uno de verdad quiere a sus hijos, el mejor regalo que uno les puede dar es un planeta. Pero entonces, ¿cómo podemos adaptar nuestra forma de vivir?​

Arturo Argüello Ospina

 

 
Arturo Argüello

Columnista

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